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09 de Mayo de 2013

Empatía global

Que internet revolucionó el mundo de la comunicación es más que evidente. Pero ha servido para mucho más: las relaciones humanas son ahora mucho más cercanas.


Empatía global

Soy afortunado porque pertenezco a una generación "de tránsito", de esas personas que conocieron y vivieron la vida sin internet y que conocen y viven ahora la vida con internet.

Me pregunto cómo se les podrá explicar a los futuros adultos (niños ahora) que la gente vivíamos y nos comunicábamos de unas formas que a buen seguro considerarán primarias, casi arcaicas. Pero la realidad es que vivíamos y nos comunicábamos bien, o al menos así lo pensábamos: si queríamos hablar con alguien, teníamos el teléfono (el de casa o el de la cabina telefónica de la calle o del bar); si queríamos escribir, estaban las postales o las cartas. Si nos queríamos reunir, pues esperábamos a que se diera la ocasión (un verano, un evento, un viaje...) Y no nos quejábamos, realmente no cuestionábamos este modo que teníamos de vivir. Sencillamente, no imaginábamos alternativa alguna. Y esto mismo puede aplicarse a las generaciones que nos han precedido: hubo quienes conocieron y vivieron la vida con y sin electricidad, con o sin nevera, con o sin televisión... cada avance ha sacado lo mejor de nosotros mismos como especie.Me pregunto si habrá un límite, un punto final, un momento en el que ya no haya nada nuevo que aportar a la Humanidad. Naturalmente, no estaremos vivos para verlo. Pero me lo pregunto.

Yo recuerdo (y hablando así parece que sea un anciano!) que tenía en casa un montón de sobres y de sellos. Y los tenía porque siempre había alguien a quien escribir: un amigo, un familiar, un lector que tenía a bien dedicar su tiempo a comentarme o preguntarme lo que le había parecido un libro mío o un artículo... el teléfono era una opción cara (quizá no las llamadas urbanas, pero sí las que se hacían a otras provincias y ya no digamos al extranjero), así que si uno quería intercambiar el sonido de las voces, había que ir bastante al grano.

Obviamente, no añoro ese modo de vida, pero me considero afortunado de haberlo vivido. Porque puedo comparar. Ahora apenas tengo sobres en casa y creo que ningún sello. Y sin embargo tengo una red de contactos y comunicaciones que ni podía imaginar de niño: amigos en Estados Unidos, en México, en todos los países latinoamericanos y casi todos los europeos, en algunos de Asia. Y todo es muy inmediato. Tanto para recibir/enviar/compartir textos como para intercambiar conversación hablada (¡maravilloso invento el de skype!) Esto en lo personal. Pero en lo cultural y profesional (que en mi caso es lo mismo) el cambio ha sido tan o más brutal: en 1996 publiqué mi segundo libro, "Enciclopedia de las Bandas Sonoras", que se vendió muy bien en España y en toda Latinoamérica. Nunca, claro, supe de quienes lo habían leído, de lo que opinaban o de aquello en lo que discrepaban, salvo por algunas cartas (y hasta telegramas!!) que recibí como feedback. En cuanto internet apareció tuve claro que había que saltar al ciberespacio. A la primera oportunidad que tuviera, ya que veía cómo por los primeros e-mails o los rudimentarios chats había gente en Andalucía, en Cantabria, en Argentina o en México que tenían interés en ponerse en contacto conmigo, por el motivo que fuera.

Con ayuda de mi hermano y mi cuñado puse en marcha MundoBSO, una web de bases de datos sobre bandas sonoras que me permitió dejar de recibir cartas o telegramas y empezar a convocar a gentes con un mismo interés, de todas partes del mundo. Era en su diseño y programación una web conforme a lo que se podía hacer hace doce años, pero se vio rápidamente superada y desbordada por los avances en diseño y programación y, al no contar con conocimientos (en el caso de mi cuñado, de falta de tiempo) se acabó convirtiendo en algo así como un cargamento de oro (la información) transportado en un barco (la web) con las maderas podridas por la humedad. Y este barco estuvo a punto de hundirse de no ser porque los chicos de Inteligencia Visual llegaron al rescate y con un nuevo diseño y una nueva programación permitieron que mi barco siguiera navegando.

Pero la supervivencia del descomunal esfuerzo (muy grato) por hacer que mi web sea la mayor del mundo en su especialidad no ha sido el único beneficio. Con su mejor aspecto, ha convocado y me ha acercado a todavía mucha más gente. Hoy, lo que escribo es y puede ser inmediatamente leído, compartido o discrepado por cualquier persona en cualquier rincón del mundo. Y ya no me pasa como con aquél libro: ahora sí tengo conocimiento de quiénes visitan la web, de dónde proceden y, en muchísimos casos, de qué opinan o de qué quieren hablar. Y eso además resulta muy estimulante en lo creativo. Pero hay más: las afinidades personales, las empatías e incluso las amistades se han disparado a niveles que ni podía imaginar cuando tenía en casa montón de sobres y sellos. Y todo esto, debo decir, sin tener yo la más remota idea de temas informáticos (solo sé lo básico), pero ¡qué bien hice en dar el salto al ciberespacio!. Y en este viaje me he encontrado a gente generosa que me ha ayudado mucho. Desde luego, no añoro los viejos tiempos.

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